Logotipo del Museo Patio Herreriano

La intervención moderna

La adaptación del Patio Herreriano a museo de arte contemporáneo ha supuesto dos trabajos complementarios. Por un lado, la rehabilitación de un edificio antiguo y complejo, en cuyos espacios se han superpuesto diversos usos a lo largo de su historia. Su nueva función exigía unos requerimientos que privilegiaran su contenido, las obras de arte, tanto desde el punto de vista de su conservación, como el de su exhibición. Por otro lado, la construcción de un anexo de nueva planta debía permitir enlazar una arquitectura definida por los rasgos de lo moderno con la presencia arquitectónica del viejo monasterio. El proyecto de rehabilitación de Juan Carlos Arnuncio, Clara Aizpún y Javier Blanco y la asesoría museográfica de Juan Ariño han cumplido con creces estos objetivos.

El edificio monástico está cargado de connotaciones asociadas a la estructura preexistente que los arquitectos han querido potenciar a través de los volúmenes limpios y el uso cuidadoso de los materiales. Estas características son especialmente evidentes en los corredores del claustro, en la rehabilitación de la Capilla de Fuensaldaña y en las salas, ocho en el edificio antiguo, que mantienen la neutralidad necesaria para su función expositiva. Son ámbitos destacados la sala llamada Gil de Hontañón y la Capilla. La primera es un espacio abovedado, antigua sala capitular, donde se han recuperado restos de unas pinturas al fresco de principios del s. XVI y en la que intencionadamente se muestra la obra más contemporánea de la colección. La Capilla de los Condes de Fuensaldaña es un espacio emblemático del museo que se encontraba en ruina total. El acabado cúbico y la luminosidad que se filtra del cielo raso de su falso techo origina un espacio diáfano, amplio e inundado de luz. La exhibición en esta sala de esculturas e instalaciones obligará a establecer un diálogo entre éstas y la potente arquitectura que las alberga. Espacios singulares son también el centro de documentación, con su cubierta de madera y el vestíbulo, una galería recorrida por una arquería de ladrillo, que fue utilizada como caballerizas cuando el monasterio se convirtió en fuerte militar.

El añadido de un ala nueva viene dado por la necesidad de ganar espacio expositivo. Con la ampliación se añaden tres salas de exposiciones más a las ocho creadas en el interior del edificio antiguo. Sus cometidos se completan con una cafetería-restaurante, almacenes y muelle de carga. El nuevo edificio se ha diseñado generando un volumen vacío que actúa como caja neutra, recuperando el espíritu de sobriedad y claridad constructiva. No podría ser de otra manera teniendo que enlazarse con el edificio de San Benito de origen cisterciense. Esta vinculación se ve reforzada en los espacios de encuentro entre lo nuevo y lo viejo, que se atraviesan de forma apenas perceptible. La reforma urbanística en torno al museo genera un nuevo ámbito en la ciudad, entre el museo y el instituto de enseñanza media, obra de Fisac. La plaza resultante se ha concebido como lugar de disfrute para los ciudadanos, con una referencia lejana a la idea de ágora que da paso a una zona ajardinada.

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