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LAURENT MONTARON
Nacido en 1972 en Verneuil-sur-Avre (Francia), vive en París
Je n'ai de cesse, 2000
Fotografía en color, 107 x 160 cm
Cortesía de la galería Schleicher+Lange, París
Melancholia, 2004
Espacio-Eco Roland RE-201 modificado, neón, pintura
Cortesía de la galería Schleicher+Lange, París
Capillarity, 2006
Película de 16 mm transferida a DVD, 6'16
(Producción para la exposición)
Cortesía de la galería Schleicher+Lange, París
La arquitectura de cristal, en sus orígenes en el siglo XIX, está íntimamente ligada a la exposición del comercio y de la ciencia: son los escaparates de los almacenes y los
callejones parisinos, descritos por Walter Benjamin en París capital del siglo XIX, y las vitrinas de los museos con los dioramas, representaciones sintéticas y positivistas de la historia de la evolución, como los que figuran en la fotografía de Laurent Montaron. "Fotografiada en el Museo de Historia Natural de Nantes (Francia), Je n'ai de cesse
presenta un extraño cara a cara entre una mujer joven que contempla en una vitrina la cabeza de una momia inca. Al agacharse para ver mejor el objeto, la mujer se sorprende al ver su propia cara reflejada en la de la momia. El encuadre de la imagen emplaza a los
personajes en una perspectiva que coincide con la de la Historia de la evolución, tanto más cuanto la disposición de las vitrinas hace aparecer al hombre como una especie que sucede a la de los primates. El título de la obra, retomando una respuesta formulada por Félix Guattari a la pregunta de lo que podría definirlo, implica una concepción del ser en devenir, proyectado en el tiempo." (Marie Cozette y Laurent Montaron, en catálogo Laurent Montaron, editado por La Galerie, Noisy-le-Sec, 2006).
Melancholia es una máquina cuyo funcionamiento enigmático es observable: se trata de una habitación de eco analógico constituida de una banda magnética en funcionamiento permanente, para captar una señal entrante y restituirla en lectura inmediatamente, sin grabarla. Separada de su fuente se vuelve sorda y muda, filtrando y deformando, de manera autárquica, un silencio infinito. Se convierte así en una vanidad: los entrelazados de la banda desgranan un paso del tiempo que propone únicamente un eterno presente, sin memoria ni futuro.
La película Capillarity muestra una secuencia filmada a cámara lenta de un hombre
escupiéndose en la mano y volviéndose a tragar su saliva. La luz azul que le rodea, obstaculizando la vista, se debe a un alumbrado artificial, utilizado en ciertas arquitecturas de
espacios públicos para impedir, en particular, la inyección de drogas al volverse las venas imperceptibles bajo esta luz azulada. La experiencia de ingurgitar su propia secreción remite a un arcaísmo (primitivo, infantil, regresivo) y transgrede un tabú: el del contacto con el interior de su propio cuerpo. El título mismo, que evoca una infiltración por impregnación, remite a la percepción del virus y de la contaminación.
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