IGNASI ABALLÍ
Nacido en 1958 en Barcelona, vive en Barcelona
Pols, 1995
Polvo sobre vidrio, dimensiones variables
Cortesía de la galería Estrany-De la Mota, Barcelona
Un paisaje posible, 2007
Vinilo sobre vidrio
(Producciones para la exposición, claustro del museo. Planta baja y segunda planta.)
"Para hacer Pols, traigo polvo. Luego mojo el cristal con una mezcla de agua y de látex con la ayuda de un spray muy fino. Después soplo el polvo tamizado (únicamente el más fino) sobre el cristal." Como suele ser corriente en Aballí, ese gesto simple de depósito de polvo sobre los cristales mismos de la sala de exposición es, paradójicamente, esencialmente pictórico, a pesar de la ausencia de pintura. Este cuadro modeliza primero lo que es: suciedad hecha de los desperdicios, del rumor sucio y penetrante del mundo, en desfase con el carácter generalmente inmaculado del espacio del arte. Una capa a la vez repelente y natural, frágil e invasora, informe y plástica, abstracta y material. El significado es más romántico: evoca una fascinación compartida por la "impronta" del tiempo que pasa, el lento deterioro por acumulación, y recuerda que la transparencia pura no tiene nada de espontáneo y que la naturaleza la pondrá en duda.
Pols remite al célebre Élevage de poussière de Man Ray (fotografía de 1920 que representa el Gran Vidrio de Duchamp recubierto de una espesa capa de polvo) y vuelve tangible cierto ideal pervertido de la transparencia, el de una visibilidad que tiende hacia la opacidad, de una higiene hacia la insalubridad, del aislamiento hacia la invasión.
Un paisaje posible pertenece a una serie de impresiones sobre cristal: flechas designando supuestos elementos del decorado circundante. Una decisión formal y radical de no pintar más la realidad sino más bien de nombrar precisamente categorías de cosas. Aquí una categoría improbable de fenómenos naturales, químicos o térmicos, pero también pájaros y alertas de peligros ligados a la contaminación o a la guerra. Una asociación aparentemente ilógica de elementos invisibles, móviles o intocables. Al hacer esto, Aballí parece reconciliar las escuelas naturalistas y conceptuales del arte abriendo una ventana al mundo al mismo tiempo que utiliza el signo lingüístico como un mediador cognitivo de la realidad. Pero a pesar de su aparente rigor (multiplicado por los términos científicos en varios idiomas), el dispositivo descarrila de manera evidente, pues la matriz explicativa no puede corresponder a un sistema cambiante y caótico del otro lado del cristal. El cristal, a la vez protector y enclaustrante, es apenas tranquilizador. Esta obra pone en escena con humor y cierto espanto una voluntad positivista de la transparencia que, si permite la observación objetiva, superpone un filtro artificial y desrealizante sobre una naturaleza inalcanzable, invitando a la fe (o a la credulidad) a reemplazar a la experiencia.
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